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GOTAS DE TIEMPO

Cuento.

//Jamila Castillo.

Aunque no tuviera la certeza, porque nunca antes le refirieran los síntomas esenciales de un desfallecimiento, se suponía desmayado. Inmerso en un gran baño de María sintió al principio los consabidos sudores fríos y luego una atmósfera irrespirable.
Descendía una espiral de vapores. No todo girando como en las películas, sino él atrapado observando un gran balance oscilante sin atisbo de detenerse. Voces lejanas aunque inteligibles diciendo: “Sujétenlo bien, tiene fatigas”. Una fatiga llena de brazos que hubiese preferido arrancar de su cuerpo para caer por fin sobre el tablado inmundo de la guagua.

Sí, antes de cerrar, a partir de mi salida de la oficina, vislumbro esta serie de imágenes. De inmediato acudo a refugiarme en un teléfono e intento comunicarme con Eulalia. Timbre sobre timbre. Excitante me resulta recordarla por su olor todo, el sudor natural, un vaporcillo comienza a rodearme la nuca ante el único hecho de recordarla. Acto seguido, la mirada de su hija dirigida hacia mí llena de rencor y repugnancia, lo enoja todo.
Mi trabajo comienza y finaliza con estas imágenes colgando que no puedo obviar como fotos que se queman o esconden.

Tras ellas quedan mi mesa de dibujo inclinada y el proyecto del día que me alcanzó la secretaria. Le he advertido tantas veces que me disgusta la reglilla imantada porque malogra el reloj, pero nada.
Soy gallo para adivinar la hora, y cuando decido contarle un chiste a mi colega Arturo, son las cinco de la tarde. Esto funciona entre nosotros a modo de contraseña, y reaparecen entonces las violentas secuencias.

¿Cómo desmonto esta horrible máquina para extirpar de ella lo que engendra desde hace años un suplicio diario? ¿Si me sometiera a una operación quirúrgica luego de haber herido mis sienes con una daga?
No lo he acometido por presentir que ya curado, -o enfermo aún, las consabidas imágenes persistirían como un latido enfermizo, evidencia de que algo me corroe.

Está llegando el ómnibus. Lo sé sin haberlo escuchado, tampoco necesito verlo. Me levanto inconsciente del banco de la parada. De todos los automóviles que se estacionan reconozco cuál espero por su forma de arrastrarse, -o más bien, un octavo sentido que me anuncia el deber de ir a su encuentro.

El día no fue más que una batalla ganada. Durante las dos horas de espera,
las personas circundantes se abalanzaron sobre cualquier artefacto móvil. Presumiblemente confundidas inflamaron su mal humor que estalló en pataleos, resoplidos, y en el peor de los casos rugidos o peroratas sobre los motivos de aquel hecho consuetudinario.
Cuando se aproximó el ómnibus estaban desvanecidas. Los bolsillos inflamados de manos y las miradas auscultando del prójimo la fortaleza, el rigor de las muñecas, el largo de las mutuas extremidades y por último, los ojos cual violentos animales a esas horas cuando se desproveen de máscaras o subterfugios. Cada cual reconoció su víctima a quien patear, derribar si obstruía su sendero, como a su depredador al cual abriría paso socarronamente.

Y contra las lajas de frío que penetraban por la ranura de la ventanilla, recordó haberlo visto todo eso antes de cerrar la oficina. Se vio repartiendo codazos, hecho una bocanada de calor, escalando sobre los demás cuerpos del tumulto, achatando músculos, cabezas, e impelido por un enérgico chorro de manos generosas.
Después la cómoda ventanilla, rodeado por miradas lastimeras y voces ininteligibles que le hacían sospechar una repentina otitis, aunque de veras no le molestara. Tampoco durante su escalamiento había escuchado lo proferido por aquella burda mimología.

¿Qué sería de mí sin Laura?

Ya no la amaba, pero cuán agradable llegar a casa y ver el agua caliente en la bañera repleta de vapor, y entonces poder dibujar silenciosamente contra la luna del espejo: Eulalia y Rubén. Después, borrar aquel testimonio con la palma de la mano. Laura vendría al más leve llamado para con fricciones volver sangre a su espalda yerta. La ausencia de palabras los beatificaba. Los primeros besos los posaba temerosa en sus comisuras hasta alcanzar el lóbulo de los labios para mordérselos.
No tenemos hijos. Mientras tomamos una humeante sopa sus padres se disputan alcanzarme la mantequilla. Laura los contempla agradecida. Hemos sobrevenido a las tiranteces, la casa gris y el parque de los paseos infantiles. La conocí cuando todavía era una niña, siendo novio de Eulalia.
Ahora me gusta como algo distante, como degusto el pasado, como los carritos de helado con música de Beethoven. En verdad ya no me gusta. A ella debe sucederle igual en relación conmigo.
Sé que considera hacer el amor un montaje ridículo. Mi insatisfacción diaria comienza a disolverse ante sus ojos a media asta. Su humildad fingida me exorciza contra toda malignidad.
Tomo el té desde los finos labios de Laura. Si se puede decir es un té metafísico. Nos entretiene aunque nos disguste. Al anochecer, huevos con arroz blanco y mis ojos como dos bujías potentísimas ante la mesa de estudio.

Yo que renuncié a mi giróscopo, mi veleta, al evento diario de encontrar mi estrella; a la pared carcomida de Eulalia donde me perdí tantas veces. Tan iguales a mí aquellas paredes por donde rodaban, se escurrían gotas de tiempo.

¿Y si cesara esta condena, la serie de imágenes?
¿Importaría Laura, la podría lanzar como se le hace a un papel desechable?
Pero entonces quedaría rota esta, -no obstante precaria, armonía de vida.

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FUEGO EN MIS VENTANAS

Cuento.

//Jamila Castillo.

Moisés abandonó el Registro Civil Unificado.
Un sol a cuadros lo condujo como pieza de ajedrez a la par de
su sombra, quien lo duplicaba sobre la Avenida del río.
A la izquierda respiraba sauces como melena ante sus ojos terrosos,
mientras el agua se desplazaba a tan incierta velocidad que parecía
congelada en la mirada cristalina de los musgos.
Para retener detalles, Moisés interrumpía su abstracción.
En la mano llevaba un fino cilindro de papel grueso cuyo volumen
reducían unos dedos sudorosos. Presos del impulso, sus brazos
batientes como remos perdieron nexo con su atención robada por
un ejército de bulliciosas viajacas. Él mismo percibió que un tacho
de basura conformaba la graciosa esquina del paseo, y se le vio echar
el pliego.
A pocos segundos se preguntó qué habría portado durante
aquel significativo trayecto. Tomó asiento en un banco de granito,
y recostado a la balaustrada recordó haber lanzado del modo más pueril
su acta de nacimiento.
Alcanzó a decir : ¡Dios! Yo mismo he puesto fuego en mis ventanas.