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Vieja pared

Cuento.

//Jamila Castillo.
Adela y Marcos acostados, despegándose de la tarde veraniega que les aplastaba. El lecho les había sorbido y depositado en un terreno consabido de ensueño  y hábitos. Diligente él, rompió la rutina en búsqueda de un vaso de agua fría que los aliviara del sopor de un verano impetuoso.
Adela se quedó admirando aquel cuerpo como de costumbre. Así de espaldas  se le hacía viril y como dispuesto. Disfrutaba la posibilidad de ver algo que él no podía, a menos que lo intentara escrupulosamente mediante dos espejos.
En tanto Marcos se alejaba por el corredor, Adela vio cómo su esposo penetraba la pared blanca sin dificultad alguna. Al  verlo atravesarla como quien pasa una cortina de seda, saltó del aposento e intentó hallar con sus propias manos los marcos de una puerta invisible, donde no había más que una inmensa pared. Gritó, dio puñetazos, recorrió toda la casa como una noctámbula a pleno día, llamándolo a voces, desordenada y convencida de que lo perdería a Marcos para siempre.
Miró con desolación el lugar por donde su hombre había expirado todo su contorno de un modo inexplicable. Arrasada por el dolor volvió a la cama y desgastada por el llanto se quedó dormida.
Al cabo de un rato, Marcos entró por la puerta de la habitación conyugal y vio a Adela roncando como un lirón. .
Esbozó una sonrisa tierna mientras equilibraba una bandeja con una merienda vespertina que contenía además de agua helada, una manzana, zumo de naranja exprimido y el bocadillo preferido de su chica, untado  con mermelada de arándanos.
Al depositar sobre sus muslos el menaje, acarició el pelo rojizo y ensortijado de Adela, quien se despertó asustada y lo miró desde su sorpresa con algo de rencor.
¿Por qué me haces esto. Dónde estuviste? ¿Cómo puedes escaparte así, por en medio de la pared? ¿Cuántas veces más me vas a hacer esto? Ya te lo he dicho mil veces,  confía en mí, soy tu mujer… ¿No ves que me estoy volviendo loca?
Marcos la miró desde su incredulidad respetuosa, y le acercó el líquido naranja para que bebiera.

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Ojo generoso.

Cuento.

//Jamila Castillo.

A mami, Mercedes Carballea, en el recuerdo.
Descascarados aguafuertes, mamparas abiertas y enredaderas de herrumbrosos balaustres. Amalgama de músicas contra rostros enfrentados ante blancas o percudidas cortinas de lienzo, evasoras del sol y los olores húmedos.

Cada imagen puede evocar a la luz de estos días, una semejante sensación. Esta se remite a aquellos paseos junto a mi madre. Verdaderos sueños donde nos sumergíamos cual únicas dueñas de otras épocas.

I
Cual camisa de once varas, el hombre que habitara la mansión, apareció a un lado de su sombra; disperso sobre una infinita mesa de fórmica
Al descender su ojo, hubiese preferido imaginar, (-a lamentar); una maciza bola de villar rodando sobre un césped de fieltro.
El estrépito opaco, acompañado por reflejos que rebotaban sobre su nueva condición de tuerto, no dejó lugar a dudas de un ojo desmembrado en líquidos pigmentos.
El ojo generoso, -donde colocara incesantemente una lupa de antiguo relojero; había escapado con habilidad de una vieja órbita atormentada por pinceles y cosméticos. Un párpado doblegado por pestañas postizas. Una ojera violeta de una violetalidad inusitada.
Su par de torpes manos se arremolinó sobre la superficie infinita para devolverse lo perdido, aún con plena conciencia del derramamiento.
Ante el asedio, el ojo tomó cuerpo de huevo pasado por agua, y huyó florecido, favorecido a su vez por su aerodinámica e inaprensible corteza.
A lo lejos, las piernas del hombre figuraban estáticas sobre sendos distantes mosaicos, a modo de Coloso de Rodas. La escultural postura concluía en dos pies descalzos con
combadas piernas y cobrizos dedos gordos. Las uñas también pintadas de violeta.
Días intensos simulando el dolor con falsos guiños de picardía, pretendieron negar la carencia visual ante el espejo de la cómoda.
El portón de cedro que daba acceso a la mansión, fue reducido a un diminuto túnel a través del cual, -para subsistir; efectuara en lo adelante el nuevo despacho de alcanfor.
Resignado, consintió convivir con un ‘Ojo generoso’ que lo perseguía, enceguecía con sus conos de luz, escuchaba sus soliloquios, y exhibía los más íntimos recuerdos.

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REX CINEMA, cine de barrio.

Cuento.

//Jamila Castillo.
El cuerpo recostado a la pilastra con su peso, sus humores, su blandura. Las marcas que en la piel le formó aquella columna detrás de la cual primero se escondió para no ver, y luego lo vio todo como sentado en la butaca de su cine de barrio, el Rex.
La mano repleta de mariquitas de plátano que con su izquierda iba pescando como de un foso. En pantalla el parque, la glorieta sin los músicos de la retreta, y la enredadera escalando una celosía para tornar más siniestra la escena donde todo es verde pero de una violetalidad inusitada. Un vaso, una gata, la fotografía de los viejos. Aunque primavera, todo enrolado en un invierno sutil.
Sugestionado y acompañado por unos cuantos espectadores royendo rositas de maíz, ensimismados en la música otoñal de las estaciones ferroviarias, estaba seguro de que lo reconocerían a la salida del cine. La señora de taquilla lo estaría aguardando, atemorizada habría solicitado refuerzo, o una legión queriendo de él. Optó no evadirse. Podría convencer a la acomodadora de que él no era ese asesino.
Más aún, en todos los cines existe una puerta de seguridad, y si se abriese con suma precaución no le molestaría a nadie la inundación de luz. Pero no había linterna. Para qué, si desde el inicio de la tanda solo eran cinco personas, entre ellas una pareja de adolescentes a la que no interesaba en absoluto la película. Demasiado peligroso como para no preocuparse. No se trataba del conflicto de un individuo y sus hazañas. Sin dudas era él, recostado a la pilastra con su peso, sus humores, su blandura.
Le habían recomendado durante el receso bullicioso del colegio que acudiera a verse al Rex, allí lo exhibían con pelos y señales. Creyó que se burlaban, o tendría un doble.
La impaciente pareja abandonó la sala en mitad del filme. El otro, -un viejito raído al cual permitían la entrada gratuita, cabeceaba. El quinto, entretenido con un portafolio sobre las piernas, ocultaba la masturbación.
Se le ocurrió escapar con este último, promover un breve comentario a propósito de lo visto, pero le era imposible porque después de verse, se imaginó solo, recostado a la pilastra con su peso, sus humores, su blandura.

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PALMAS

Cuento.

//Jamila Castillo.
Dos segundos antes de quedar ajustado el folio sobre la tersa superficie del rodillo, Palmas comenzó a desgarrarse. Segundos fabricados por su ingenio ingenuo en un reloj sin parangón con los refrendados por la humanidad. Clepsidras, de arena, de flora, suizos, de sol, cucos, o digitales como aquellos que se impusieron por los ’80, y mi padre hizo lo imposible por comprarme, para acabar adquiriendo uno inservible y descontinuado que aún guardamos con pena en una cajita verde de felpa, propiedad de otro reloj soviético. Palmas entendió singular esa nueva forma del segundo dilatado. Se burlaba de El hombre, ingenua pieza de la cordura. Luego se dio a la tarea de memorizar el alfabeto conectado a las yemas de sus dedos mediante madejas tejidas por arañas vulgares. Aceptó con resignación que ninguno de sus amigos percibiera una suculenta máquina alejada de sus brazos. Exponía con brevedad las que consideraba ventajas del nuevo sistema. Ser mecanógrafo evitando las detestables academias particulares donde se mezclaban con el de las letras, el olor del pescado frito y el marido de la profesora -amén de prodigarse dudosos favores, delataba a los infelices que miraban hacia el teclado. Los chismes, riñas omnibusescas, así como la otitis; no cabe dudas son el resultado de una preferencia injustificada por la oralidad -solía expresar. Muy próximo al momento cumbre, contempló una delgada capa del paisaje serumeral de su oreja. Se ayudó con sendos palillos. El ungüento fue degustado como en la infancia. Palmas se sintió amargo. Sobrevínole un portazo que desacomodó el polvo, las perforadas gacetas, los permanentes olores, las crujientes amarillas inflorescencias cada vez más brillantes, succionadoras de la luz que atravesaba la ventana del cuadro colgado en la pared. La almohada como un gato, o como el vientre maleable de su madre, se acomodó a una cerviz demasiado parecida a la de un ave angulosa, prominente e inasible. Poco después se dejó atrapar por el frío mármol del sanitario en aquella mansión rodeada por una tierra adolorida en sus raíces. La fachada de grises escurría lentamente sus viejos sonidos. Las telarañas espesando la utilidad del tránsito hacia aquella esquina, este mismo árbol que ayudó a trozar con el recuerdo. Aves redondas circulando a modo de ejército el jardín: semiacuosas, rodándose, aniquilándose. Muebles jugando a ser animales detenidos en el gesto más inútil. El nácar sinfónico del sanitario, las ausentes pisadas de mamá, el terracota de la pared, la armonía familiar desde los álbumes o el percudido tapiz de La última cena. Proclamaba Palmas: nuestros jardines son monopolios naturales donde crecen sibemoles colorados. Estropeado por banquitos diletantes, sucesiones terrosas, tonos espesos y un afán desmedido, diría infantil, por los colores. Que Rala aparezca bajo el negro paraguas, lastimada de semen. ¿Al menos quedarán manzanas?
Mi noción era táctil y coloreada. Acabaron por desprenderme el tacto y el sentido cromático que le acompañara. Robáronme el espeso verde, incautaron mi pálido azul, acusáronme por los goteantes rojos, los crueles negros. Tantas veces desprendiéronse ante mis pasos violetas de sus tallos. Regresé sin haber partido, con el mismo boleto. Presto mi cuerpo a disfraces colgados de una percha, sueño los cabellos de Rala -grises a soplidos de luna. Yo enjaezado sobre su cintura reiterando el infame infinito juego de la infancia. Debo impartir matemáticas según Rala. Ella pretende escribir cuentos y realizar lecturas. Por eso la amo, su orfandad incurable, extralimitada, aborrecible. Languidece en sus apocalípticos banales proyectos. Al evocarla, Rala aparecía bajo el paraguas sin lona, vivo de varillas. Palmas -por su lado, había solicitado en 1931 la paternidad del infante Diego Hernández de la Cruz, bajo la lluvia, vestido de negro. Le fue negada por su pergeño -de él, no del niño a quien atendían como es debido en una casa de la beneficencia. A lo que Rala respondió:

– No será tutor quien debiera ser adoptado.

– Apotegma demasiado antiguo, Rala.

– Lo que deberías es enseñar matemáticas.

– Ni me cortaré el pelo.

– ¿Durante los últimos meses te observaste ante un espejo?

– ¡Déjame!

– ¿Aún con la ilusión del niño adoptivo?

– ¿Lo cuestionas?

– Te creí adulto.

– Logré impresionarte.

– No consigo entender qué hay dentro de tu cabeza llena de miedos.

– Vete.

– No lo olvides.

– Llueve.

– Esta escena puede servirte para el teatro.

– “Me recordarás cuando en las tardes muera el sol, porque al fin fui yo quien te enseñó todo lo que sabes de amor”.

Y el testamento que antes de morir dejó. No hablo de una moda. Antes de subir habrán de bajarse los peldaños. Para escucharme han de cubrirse los ojos. Rala no acepta el polvo que puede ahogarse en una gota. Pretendió transformar mi habitación sin yo haber puesto nunca colores en su cara. Las telarañas no son justamente apocalípticas. Comerse el mucus tampoco. De momento asisten muchos niños a mi escuela de sordo mudos. Han descubierto en las matemáticas un raro universo de tonos y pigmentos. De una generación somos la parte que se fue con sus maletas o tuvo que pegar en la puerta de su habitación: “Por favor, no molestar”. Por y pese los vidrios opacados, el iris vacío, los lentes calidoscópicos, la gallinita ciega, la existencia inevitable del herbario, las clases de Historia de Cuba tachadas por las de Movimiento obrero y comunista internacional, por las ofrendas florales. Algo lastima mi pecho, mi primera imagen del amor en casa de Karen. Antes fueron un blanco y una negra paseando el domingo por frente a la escuela de mi madre donde ella y papá hacían guardia obrera. Yo señalé a la feliz pareja con un dedo de asombro, como un aviso de alarma y fui abofeteada. Detrás quedaba Karen, sus padres besándose en una instantánea arremolinada. Atrapados en el tiempo, colgados detrás de la puerta para el recuerdo de Karen, Betsy, su propia madre y las visitas. Supe desde entonces que el amor podía hallarse también en el envés, el reverso, la buscada, insospechada última posibilidad. A la rueda rueda de pan y canela, terminamos haciendo las maletas.

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En el barrio de Rawson, Agronomía; en Buenos Aires donde vivió Julio Cortázar.

Bar Rayuela Esquina Julio Cortázar

Julio Cortázar vería asomado a la ventana de su habitación en el barrio de Rawson, el bar Rayuela, recién inaugurado entre las calles Julio Cortázar y Artigas. Si vas, o estás en Buenos Aires, no dejes de tomarte algo allí, y leerte un pasaje de esta maravillosa novela. Código QR Cd Juliio Cortázar Songs Tributo Jamila Purofilin en YoutubeEscucha el cd Julio Cortázar Songs. Tributo Jamila Purofilin.Cortázar2-1024x768Esperando a Julio 2 Jamila Purofilin en la entrada de la casa donde vivió Julio Cortázar en el barrio de Rawson.